YO TAMBIÉN, ANTES DE QUE SE ME
OLVIDE (I)
Recuerdo que en mi país Venezuela, un país con
tantos recursos minerales y petróleo, pero gobernada por dos partidos AD y
COPEI la gente se moría de hambre. Mi
Viejo decía “de mengua por respeto al difunto”. En ese país, el presidente de
turno, Carlos Andrés Pérez, regaló un barco a un país que no tenía costas y
menos un puerto, también el sobreprecio casi duplicaba el costo del mismo. El
congreso de entonces no autorizó la investigación a pesar de las denuncias de
algunos diputados. Era la Venezuela Saudita como se le llamó entonces, del “Ta’
barato dame dos”, de los “mayameros” que disfrutaban comprando
productos “Made in USA” por cantidades industriales y de los patrones de consumos exagerados que
nos colocaban como unos de los ciudadanos más consumidores de bienes y
servicios en el mundo. Pero a comienzo
de los años 80 todo cambió, se acabaron los delirios de grandeza de una
sociedad que nunca volteó su mirada hacia Catia, ni a Petare, ni a la Vega, donde
crecían los polos de pobreza extrema ante la mirada complaciente de una
sociedad política autista. Una clase politiquera que hablaba de desarrollo y
grandeza por haber nacionalizado el petróleo y el hierro y por hacerle creer al
pueblo venezolano que eso sería para siempre, escondiéndole la hipoteca de la
que luego hablaría Luis Herrera Campins en 1979 en su discurso de toma de
posesión, “Recibo un país hipotecado”. Los precios del petróleo cayeron
estrepitosamente y con ellos los ingresos fiscales del país, de 19,3 millardos
de dólares en 1981, pasaron a 13,5 millardos en el 1983, originándose una fuga
de divisas que se expuso por casi tres años, con la amenaza de dejar a
Venezuela sin reservas. Recuerdo claramente
que para la clase media, recibir el año nuevo con muebles viejos, era
pavoso. Incluso, conocí familias que todos los años se mudaban! Eso, se acabó
en un santiamén. El Banco Central de Venezuela (BCV) se declaró insolvente, lo
que desató una de las crisis económicas y financieras más graves de la historia
del país, siendo el resultado la devaluación de la moneda el 18 de febrero de 1983,
el llamado “viernes negro”. Los periódicos todos los días reflejaban el nuevo
precio del dólar. Recuerdo también claramente la famosa “barrera
psicológica de los 21 Bs” Los precios
eran un torbellino que arrasaban con los sueldos congelados de los
trabajadores. Un estudio de “Proyecto Venezuela” reveló que,
de 2 millones 700 mil familias venezolanas registradas por el censo
de 1981, un millón treinta mil se encontraba bajo el límite de
la pobreza crítica... el costo de la vida en 1978 es
cuatro veces superior al de 1968; el costo de los alimentos seis
veces y medio mayor, mientras que el salario real apenas se ha
incrementado en 20 por ciento con respecto a ese año base...En 1980, el
porcentaje de hogares que percibían ingresos por el valor de la
Canasta Básica de Bienes y Servicios era del 43 por ciento; para 1986,
del 55 por ciento en dicho período, por tanto, el porcentaje de
hogares en condiciones de pobreza se incrementa un 14 por ciento. (Britto,
1988: 46)
En este país, mi país, a los niños de los barrios se
les daba tetero de frescolita, agua de arroz y comían Perrarina. En
julio de 1988 el diario El Mundo publicó un artículo de Alicia Larralde
titulado “¡Mata el hambre con comida de perros!”. Hasta una revista (Producto) sacó un artículo sobre el tema
y recomendó a las desdichadas madre
¡Recetas de Perrarina, para comerla mejor. Como consecuencia, las ventas de
Perrarina se disparó y su precio “se fue a las nubes”, los niños crecieron con
serios problemas gastrointestinales. ¡La gente de clase media que tenía perros
de razas comenzó a echarlos a la calle por el costo del preciado alimento. La
sociedad protectora de animales pegó el grito al cielo, pero de nada sirvió,
las mejores razas de perros deambulaban por las calles. Algunos canes terminaron
vendidos como pinchos en Plaza Venezuela, este escándalo también salió en la
prensa. Al subir tanto la perrarina, las madres de los cerros dejaron de
comprarlo y los niños ya no tenían que comer. Aunque cambiaron la receta por
teteros de frescolita y agua de arroz o de espaguetis. Peor aún, hubo casos en
que echaron los niños a la calle a mendigar y hasta prostituirse. También
recuerdo claramente que algunos niños fueron secuestrados y algunos encontrados
años después en Colombia sin ojos y sin lengua para mendigar. Pero a esos
escándalos los tapó otro escándalo y otro, y otro, y otro. Así se manejo la
Venezuela de entonces. Pero como dicen los escuálidos: “Éramos felices y no lo
sabíamos”.
Continuará…
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